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domingo, 5 de febrero de 2012

¿Qué es la vida? Ser feliz.

Hoy he aprendido que hay mucha gente que no valora ni consigue llegar a intentar saber qué es la vida, en qué consiste. ¿Estudiar para poder tener un trabajo digno? ¿Para poder tener dinero con el que comprar tu vida? ¿Crees que eso es lo normal?

Desgraciadamente, es lo normal.
Afortunadamente, algunos llegarán a comprender que la vida es el intento del ser humano por ser feliz, ya sea en las pequeñas e insignificantes cosas o en la obra más grande jamás creada.

Vivir, para mí, no es nada más que intentar llegar a la felicidad. La vida no ha sido siempre como la conocemos. Nos han dicho que hace siglos vivían para cazar y así poder comer. Hoy vivimos para trabajar y poder comer. No cazamos nuestra comida, cazamos el dinero con el que comprarla.
Realmente me da miedo imaginar un futuro, ya sea lejano o próximo. Me da miedo en qué puede convertirse el ser humano. Sinceramente, creo que vamos hacia nuestra propia autodestrucción, ojalá me equivoque.
De todas formas, nosotros no lo veremos. Y con esa frase se han excusado miles de desgracias que estamos realizando cada día. ¿Cambio climático? Da igual, nosotros no lo veremos. Pero no quiero irme por las ramas...

Simplemente necesitaba compartir esto: sé feliz. ¡Inténtalo! Puedes ser feliz con cosas muy pequeñas, con una sonrisa, con la satisfacción por hacer algo bien, puedes ser feliz por contemplar las estrellas o un amanecer precioso a la orilla del mar. ¿Necesitas todo lo que tienes para ser feliz? ¿Necesitas vivir para trabajar o trabajar para vivir? Obviamente, hoy en día necesitamos trabajar para poder vivir y no nos damos cuenta de que vivimos para trabajar. Pero el sistema está montado así. Sin embargo, puedes ser feliz haciendo lo que te guste.

Solo te recomiendo que lo intentes. Aléjate de tus temores, deja atrás los malos momentos, verás como hay otros buenos por llegar. Si algo te perturba, no te deja tranquilo, soluciónalo. Si no puedes solucionarlo, déjalo, no merecerá la pena. Tú ya lo habrás intentado. Hay mil oportunidades allá afuera. Búscalas y ve consiguiendo las piezas del puzzle que forma tu felicidad. Puede que nunca te des cuenta de si estás siendo feliz, si te falta algo, o te pesa la culpa. Te darás cuenta cuando seas mayor, cuando hagas un repaso de todo lo que has hecho en tu vida, de lo que hayas hecho y de lo que no hayas hecho, porque tan importante es lo primero como lo segundo. Entonces, cuando hagas el gran resumen de tu vida, comprenderás si has sido feliz. Espero que así sea. Un abrazo.

jueves, 24 de marzo de 2011

Delirios de chocolate


La semana pasada vino María y me regaló una cajita con cinco bombones exquisitos, supremos, de la más alta calidad, un lujo al alcance de todo el que se pueda acercar a un supermercado y lleve un euro consigo.
Pero estos eran especiales.
Como siempre, me tomo primero el más dulce. Error, quizá debería guardarme los más dulces para el final y así quedarme con un buen sabor de boca...

El primero me lo tomé el lunes, todavía viene su sabor a mi mente cuando pienso en él. CHOCOLATÍSSIMO PURO ALMENDRA. Mi preferido antes de tomarlo. ¿Por qué "chocolatíssimo"? Nunca traté de saber quién elige los nombres que llevarán los bombones y que los marcará de por vida... Era un lunes por la noche, después de cenar. Viendo la televisión decidí saborear el chocolatíssimo puro almendra. Buenísimo...
Me desperté a las cinco de la madrugada, y estuve un par de horas pensando en lo que me había ocurrido. No sabría, hoy en día, explicarlo con palabras. Pero algo en mí había cambiado, me sentía diferente. Oí el despertador, un volúmen más bajito del usual, un nuevo día comenzaba, tratando de descifrar qué me había ocurrido se me pasó la madrugada y salió el sol. No sé hasta cuándo saldrá el sol, el caso es que ese martes, salió puntual como de costumbre, me vestí y fui a clase. Fueron unas horas desconcertantes: me sentía aturdido, embobado, ausente. No escuchaba nada, distraído, no sabía porqué. Luego lo descubrí, algo debía haberme producido una sordera parcial. Oía la voz del profesor lejana, más de lo normal. Me sentí prohibido de este sentido, era extraño caminar por la calle sin oír de fondo el tráfico. Ya se me pasará, pensé.

El segundo bombón me lo tomé ese mismo día, después de comer. CRÈME. Qué nombre, yo quiero un bombón de chocolate con leche normal y corriente. Lo saboreo, lo vuelvo a saborear. Pero su aroma tarda en desaparecer de mis labios lo que tarda en desaparecer la ceniza en el aire. Apenas me acuerdo de cómo sabía, pero sin duda fue el mejor: un sabor suave, esponjoso, que te traslada al más grande paraíso terrenal que pueda existir.
Sin embargo, no sé cómo, sentí un punzón clavarse en mi pecho.
A las horas desperté en un hospital. Apenas oía a los médicos decir que no se explicaban qué había podido ser. No mostraba signos de nada en concreto. Yo, desde la cama, pensaba que nadie muere por un bombón, al menos si es de crema. Me preocupé todavía más al notar que me tocaban y no sentía nada. Alcancé a decir que no sentía las piernas, pero esa sensación recorrió todo mi cuerpo. Desde los pies a la cabeza. Me tocaban un pie, no sentía nada, la rodilla, el estómago, mis manos, mi nariz... Nada.
A los pocos minutos trajeron agujas para comprobar mi sensibilidad y todavía sentía algo. Me alivié. Como era de esperar los médicos no sabían qué me pasaba. Lo cierto es que yo tampoco.

A la vuelta a casa pensé sobre lo que me estaba ocurriendo. ¿Podían unos inocentes bombones de chocolate producir sordera y falta de sensibilidad? ¿O eran signos de alguna enfermedad degenerativa? El caso es que no sabía qué me estaba ocurriendo. Por el momento dejé que pasaran los días, a ver si mejoraba o empeoraba.

Seguía igual, pero al tercer día decidí tomar el tercer bombón. CAFÉ TOFFEE. Algo menos dulce para mi gusto, pero igualmente me proporcionó esa sensación solo comparable con un orgasmo que te da el chocolate.
Esa tarde el parque estaba repleto de gente. Espléndidos lucían los árboles ese color a primavera. No sé si fue el sol después de días de lluvia o los efectos del tercer bombón, pero me deslumbró una luz cegadora. Brillante cual estrella fugaz a cinco centímetros de mi rostro. Una potente luz inundó mis pupilas y erosionó mi visión. No veía nada. Me costó más de una hora llegar a casa, comprendí lo difícil que era orientarse sin la vista. El ser humano necesita la vista para todo, y más la necesita en un enredado laberinto de coches y gentes. Decidí descansar.

Ese fin de semana me fui al pueblo, al lado de la costa, mi casa de campo mostraba un aspecto trasnochado. El invierno había sido duro, pero ahí estaba yo dispuesto a arreglar las puertas y ventanas, a darle una manita de pintura, cuidar el campo, las flores, limpiar la casa... Con apenas oído me dolía no escuchar el suave rumor del mar. Con apenas tacto, no sentía cuándo me pinchaba con la espina de un rosal. Con apenas vista, era difícil todo.

Una vez emprendida la búsqueda de lo que me ocurría, no podía dejar en la ciudad mi cajita de bombones. Desde el primer día me acompañó a donde fuera. Esa tarde me la llevé al campo de paseo.

El cuarto bombón me lo tomé rodeado de flores silvestres que desprendían mil olores diferentes. Se llamaba NEGRO 70% NARANJA. No voy a negar que fuera de los peores. No me gustó, nunca me ha gustado mezclar el chocolate con la fruta. Hay cosas que no se pueden unir en esta vida, están concebidas para ser disfrutadas por separado. El caso es que tras la amarga ingesta del bombón que quería ser naranja, me mareé y decidí echarme sobre la hierba, con cuidado de no maltratar a ninguna flor con mi caída al suelo, me tumbé largo mirando al cielo. No sé si cerré los ojos o no, pero vi muchos cielos de muchos colores pasar ante mis ojos. Demasiados para mi gusto, eso no ayudaba con la sensación de mareo que no me abandonaba. De repente, sin yo pedirlo, millones de olores vinieron hacia mi nariz. Creo que recordé todos los olores que había olido desde que tengo uso de razón. Todos juntos formaban uno compacto que me irritaba cual mosca en verano. Tampoco esto contribuía a mi mejora. Tras vomitar sentí un vacío y recapacité. Hacía unos cinco minutos podía oler todas y cada una de las flores que me rodeaban en ese idílico atardecer. Ahora a duras penas olía la que tenía en mi mano.

Moribundo llegué a la casa de campo. Me senté en el porche y decidí acabar con toda esta historia. Harto de escribir lo que me sucedía en esto que tú lector estás leyendo, saqué la cajita de bombones de mi bolsillo.

El último bombón se llamaba NEGRO 70% TRUFA. Estos dos últimos bombones son los que mayor porcentaje de chocolate llevaban, los más amargos, los más sanos también.
Sabía que el bombón que se creía trufa marcaría mi destino. O acababa con mi vida o mejoraba lo que ellos mismos, con su sabor, habían hecho en mi cuerpo.
Ya solo disfrutaba del gusto, qué irónico, el único sentido que conservaba por aquel entonces intacto. En mi interior sabía que eran los bombones. Ellos mismos me habían apagado los otros cuatro sentidos para que disfrutase más de ellos, de su chocolate. Era una estrategia, comiendo este último bombón caí en ello. Su efecto era paralizar mis otros sentidos para que me centrara en el gusto. En ellos. Fascinante cómo los bombones pueden manejar tu vida. Los vi egoístas, solo me querían para ellos. Para embelesarme con su sabor.
Espera, tú, lector, ¿todavía no sabes lo que ocurriría al tomarme el quinto y último bombón? Yo lo descubrí entonces. Fue entonces y allí, moribundo como me hallaba sin más sentido que el gusto cuando lo comprendí. Ese bombón me acabaría de arruinar. Todos los demás habían estado conspirando para cegarme, ensordecerme, privarme del tacto, y del olfato, en definitiva, para que degustara el último bombón que me llevaría a la boca.

Me lo comí sabiendo lo que ocurriría. No sabía qué ocurriría exactamente pero sabía los efectos, la pérdida del gusto. Y no vale la pena, créeme, que te cuente lo que ocurrió, porque prefiero que te quedes con el dulce sabor del chocolate en tu memoria.

Esa cajita me destrozó. Dejó que eligiera un bombón, el que más me gustara, para guardarlo para el final. Yo lo que hice fue empezar por mi preferido, y guardar los peores para luego. E hice mal. Ahora lo pienso y me gustaría que el último bombón que me llevara a la boca fuera uno que me gustara más que el que me tomé. Pero ahora no puedo hacer nada. Soy un no-ser errante. Vivo en el aire y en cada bombón que una persona muerde. Me fundí con el chocolate, qué muerte más dulce. Muerte por sobredosis de chocolate. Delicioso.

Y sé que cuando el que lea estas líneas vea la cajita de cinco bombones en el supermercado se acordará de mi alma. Y que se pensará dos veces comenzar la odisea que supone comerse los bombones. Sabiendo el resultado, unos lo querrán probar y otros se asustarán. Tú elijes si los tomas o no.

viernes, 25 de febrero de 2011

Decepción

¿Qué espejo debí romper para tener estos siete años de mala suerte comprimidos en estas semanas? Todavía no lo sé, ni lo quiero saber. Ya está, la vida es así, actitud estoica y aceptación.
Son muchas cosas acumuladas en estos días... Y por supuesto no las voy a comentar para escarnio público de mi persona ni para que me consueles. Bueno, tal vez un abrazo no me sobre ahora mismo.

He llegado a un punto en el que no sé ni lo que hago ni lo que voy a hacer. Porque la decepción a mí me paraliza, me ralentiza, me abruma y me colapsa.

Y no te creas, no os creáis, que me he enfadado por una tontería, porque para mí no lo es. Y sé que leerás, o leeréis esto. Y me ha dolido más a mí que a ti. Me ha dolido porque has atravesado conceptos como el de la amistad rompiéndola y haciéndola pedazos. Yo estoy dispuesto a volver a montar esos pedazos, pero no hoy. Podría describir lo que siento como decepción, es la palabra que mejor lo expresa en estos momentos. Porque reconozco, admito, y entiendo que tenéis todo el derecho del mundo a hacer esa elección, pero ni me parece ético ni de un amigo. Y yo creía que lo éramos, a lo mejor estaba equivocado. Solamente haberlo hablado conmigo hubiese evitado esta situación... incómoda. Y no sabes lo que me gustaría darte un abrazo y olvidar. No volver a tocar el tema, pero ya hoy, cuando te he saludado y tu no, eso ya me parece el colmo, el verdadero colmo de los colmos.

Quizá ni llegues a leer esto, pero es una forma de desahogarme, quizá sirva para mejorar las cosas, o para empeorarlas, me da igual ya todo.

Solo quería resumir lo que oprime las paredes de mi pensamiento y no me deja dormir tranquilo.

Pero no me voy a hundir en la miseria por estas "pequeñas" cosas, porque esta no es la única que está pasando ahora mismo, hay más, pero ni voy a contar esta aquí, ni las demás. Quien lo entienda será porque conoce el tema. No me voy a hundir, ya está... ¿Qué más puede pasar? Pasará, te lo aseguro, a mí me pasará, si puede pasar algo peor, pasará, estoy seguro. Porque mi tostada cae con la mermelada hacia abajo, ¿qué haces cuando cae? Pues tiras la tostada, limpias el suelo y te haces una nueva. Sin más. Aunque sea difícil encender el tostador, o encontrar pan... Bella metáfora.

domingo, 3 de octubre de 2010

Otoño emocional

La primera imagen de otoño que viene a mi cabeza es de hace ya unos años, en el patio del colegio. Las hojas caían entre decenas de niños jugando al balón, a correr o simplemente hablando en un banco e intercambiando cromos.... El viento me trae ese inconfundible olor a plastidecor mezclado con el sudor ya frío de los niños que corren. Se mezcla en mi mente con el sonido de la campana, es hora de comer, a ninguno de los niños que estamos aquí nos gusta esa comida, pero estar calentito en el comedor escolar, junto a tus amigos, importa más.
Rápidamente una ráfaga de viento me lleva un poco más adelante en el tiempo, estamos en el recreo, ya somos mayores, tenemos toda la vida por delante y miramos a los niños más pequeños con desprecio. Nadie piensa que hace unos años fuéramos así. Esta imagen viene acompañada de olor a tierra mojada, a lluvia. Hoy ha llovido, me he manchado los bajos de los pantalones, mi madre me castigará. ¡Qué irónico! Ya no soy un niño pero todavía tengo que obedecer a mis padres, en cuanto cumpla la mayoría esto ya no será así.
Me ha llamado, ella, mi sueño hecho realidad, quiere verme, pero todavía estoy castigado. Me escapo. Consigo verla y hablamos, nuestro primer beso, sin duda un beso mágico en otoño, rodeados de árboles que nos arropan con sus hojas ya marrones, el viento, sin embargo, nos intenta separar, no lo consigue y no lo conseguirá nunca, somos invencibles.
Eso solo duró unos meses, el verano se lo llevó, menudo verano me espera.
Vuelvo a abrir los ojos y ya es otoño de nuevo, ahora empiezan los mejores años de mi vida, la universidad. Nueva ciudad, nueva gente, nuevo ambiente, me encuentro solo, pero el otoño trae amigos, los amigos de clase, los de la residendia... Parecen venidos con las hojas, arrastrados por el viento. Unos, tal y como vinieron, al igual que hacen las hojas, se van. Otros se quedan.
Mil y una aventuras me han traido estos otoños felices. Ahora, sin embargo, toca madurar. El otoño ya no me traerá momentos así, tengo mujer e una hija. Las adoro. ¡Cómo ha pasado el tiempo! Ahora me encuentro en otoño, sí, mi estación favorita, pero haciendo algo que no esperaba hacer tan pronto, comprando material escolar para mi hija, ella lo elije, la llevo al colegio mientras recuerdo cuando tenía su edad. Ahora, a parte de seguir construyendo nuevas emociones y sensaciones otoñales, estoy creando unas para mi hija. ¿Puede ser algo más bonito que este ciclo? ¿Qué pensará cuando sea mayor? Quiero que recuerde todos los otoños como yo he recordado los mios.
Probablemente dentro de unos años no los recordaré. Me hago mayor, mi hija ya ha cumplido 18 años, se va de la ciudad, a estudiar. Seguiré creando otoños con mi mujer, sin embargo, este otoño huele a soledad y suena a tristeza.
Después de todos estos años puedo estar satisfecho de todo lo que he hecho. He vivido ya 90 otoños, no me acuerdo ya de la mitad de ellos, pero eso no me preocupa. No me preocupa porque sé, que la mayoría, son felices, es más, solo recuerdo los felices. Porque al final, lo triste, se olvida. Yo iré olvidando todos los otoños por una maldita enfermedad, sin embargo, espero que mi familia me los siga recordando. En el fondo sabré que he sido feliz, que tantos otoños han valido la pena.
Jorge Bafalluy Giral, 2010.

jueves, 8 de julio de 2010